viernes, 25 de octubre de 2013

EL NARRADOR


El narrador aguzo el oído para escuchar el pitido de la tetera que sonaba en el piso de abajo, en la cocina. –Está listo- el narrador se levantó de su cómodo sillón crema oscuro, se puso la bata negra que colgaba del perchero que había a su derecha, se calzo las pantuflas en forma de garras y se encamino hacia la puerta que lucía un símbolo de peligro radioactivo, probablemente el peligro radioactivo estaba presente en las medias húmedas y a medio podrir que se encontraban bajo la cama o en ese calzoncillo que pendía como un estandarte de una manija del ropero de doble puerta.
Abajo la sala era otro cuento, todo en perfecto orden y todo limpio, los muebles color blanco lucían una pulcritud que contrastaba con el desaliñado narrador, que por las ojeras que lucía hacía mucho tiempo que no dormía una noche completa, el narrador se rasco el trasero mientras se dirigía hacia la cocina donde la tetera pedía a gritos que apagaran la hornilla, el narrador apago la hornilla y busco algo entre los estantes arriba de la cocina, removió un poco las cosas y saco un tarro medio vacío pero que en el fondo aún quedaba un poco de café, cogió la tetera y lleno el tarro con agua hervida, luego lo cerro y lo sacudió como a una coctelera, destapo el tarro y aspiro su olorrico, rico, rico- repitió poniendo énfasis en el último rico. El narrador tapo de nuevo el frasco y lo coloco sobre la mesa.
Abrió el refrigerador y contemplo el contenido antes de decidirse por un trozo de pizza congelado y una lata con dos duraznos en conserva, calentó su tesoro en el microondas y mientras esperaba se comió uno de los duraznos. Pip, pip, pip, la pizza estaba lista, se la comió camino al baño, al abrir el grifo del lavabo y sentir el agua helada de la mañana en la mano decidió, como venía haciendo ya desde hace una semana, que aquel día no merecía la pena gastar agua en una ducha habiendo tantos motivos por los que permanecer seco un sábado por la mañana, el hecho que no tenía nunca planes los fines de semana era uno de ellos y aquel día no pensaba ir a ningún lado. El narrador solo quería sentarse en su sillón crema oscuro y escribir la historia de caballería con la cual se haría rico y famoso.
 El narrador tenía mil ideas en la cabeza y cada una de ellas era un best-seller asegurado, al menos eso pasaba en la mente del narrador. Pero era consciente que llamarse Chancleto no ayudaba nada a convertirse en un escritor famoso, tendría que esperar a la mayoría de edad para intentar cambiarse el nombre por algo más chulo como Arthur quizá. Arthur Bonilla. Eso sonaría bien, el ilustre escritor Arthur Bonilla presentara su nuevo libro La espada del gorrión. Si eso sonaba mejor que Chancleto Bonilla.
El  narrador regreso a la cocina, cogió el tarro con el café y subió al segundo piso, a su cuarto, a su sillón crema y a su computadora de cajón. Era una computadora vieja, pero él prefería usar esa a la moderna laptop que llevaba en la mochila que estaba en el segundo piso de su camarote. Prefería usar el viejo tanque de guerra al moderno jet de combate, pues creía que eso lo haría mejor escritor, el narrador había buscado en el ático de su abuelo alguna máquina de escribir vieja, pero al no encontrarla tuvo que conformarse con la maquina desahuciada de su hermano mayor. Dejo el tarro de café a un lado y prendió el estabilizador. La vieja máquina empezó a zumbar mientras el símbolo de Windows 98 se mostraba inmenso en la pantalla, tomo un sorbo del tarro mientras esperaba que la maquina terminara de prenderse.
Presiono dos veces f5 y luego abrió el programa de texto, el narrador siempre llegaba hasta esa parte de su historia sin problemas, pero ver la hoja en blanco siempre le causaba un temor infundado, y lo llenaba de impotencia al no poder empezar la oración que lo llevaría al éxito literario, solo necesitaba un toque de inspiración para empezar el primer párrafo. Pero sabía que ese instante demoraría minutos, horas en llegar, el día anterior había estado mirando la pantalla con la hoja en blanco durante cuatro horas antes de decidirse por las primeras líneas de su exitosa historia, dos horas después de ardua labor creativa, leyó lo escrito y al no parecerle demasiado bueno,  en un ataque de frustración lo borro todo para encontrarse nuevamente frente a la hoja en blanco.
La pantalla parpadeaba y la hoja seguía en blanco, el narrador intento escribir una  línea: La espada del Gorrión. Listo. El titulo ya estaba colocado, ahora venia lo mas difícil, empezar a escribir la historia.

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