El
narrador aguzo el oído para escuchar el pitido de la tetera que sonaba en el
piso de abajo, en la cocina. –Está listo- el narrador se levantó de su cómodo sillón crema
oscuro, se puso la bata negra que colgaba del perchero que había a su derecha,
se calzo las pantuflas en forma de garras y se encamino hacia la puerta que
lucía un símbolo de peligro radioactivo, probablemente el peligro radioactivo
estaba presente en las medias húmedas y a medio podrir que se encontraban bajo
la cama o en ese calzoncillo que pendía como un estandarte de una manija del
ropero de doble puerta.
Abajo
la sala era otro cuento, todo en perfecto orden y todo limpio, los muebles
color blanco lucían una pulcritud que contrastaba con el desaliñado narrador,
que por las ojeras que lucía hacía mucho tiempo que no dormía una noche
completa, el narrador se rasco el trasero mientras se dirigía hacia la cocina
donde la tetera pedía a gritos que apagaran la hornilla, el narrador apago la
hornilla y busco algo entre los estantes arriba de la cocina, removió un poco
las cosas y saco un tarro medio vacío pero que en el fondo aún quedaba un poco
de café, cogió la tetera y lleno el tarro con agua hervida, luego lo cerro y lo
sacudió como a una coctelera, destapo el tarro y aspiro su olor –rico,
rico, rico- repitió poniendo énfasis en el último
rico. El narrador tapo de nuevo el frasco y lo coloco sobre la mesa.
Abrió
el refrigerador y contemplo el contenido antes de decidirse por un trozo de
pizza congelado y una lata con dos duraznos en conserva, calentó su tesoro en
el microondas y mientras esperaba se comió uno de los duraznos. Pip, pip, pip,
la pizza estaba lista, se la comió camino al baño, al abrir el grifo del lavabo
y sentir el agua helada de la mañana en la mano decidió, como venía haciendo ya
desde hace una semana, que aquel día no merecía la pena gastar agua en una
ducha habiendo tantos motivos por los que permanecer seco un sábado por la
mañana, el hecho que no tenía nunca planes los fines de semana era uno de ellos
y aquel día no pensaba ir a ningún lado. El narrador solo quería sentarse en su
sillón crema oscuro y escribir la historia de caballería con la cual se haría rico
y famoso.
El narrador tenía mil ideas en la cabeza y
cada una de ellas era un best-seller asegurado, al menos eso pasaba en la mente
del narrador. Pero era consciente que llamarse Chancleto no ayudaba nada a
convertirse en un escritor famoso, tendría que esperar a la mayoría de edad
para intentar cambiarse el nombre por algo más chulo como Arthur quizá. Arthur
Bonilla. Eso sonaría bien, el ilustre escritor Arthur Bonilla presentara
su nuevo libro La espada del gorrión. Si eso sonaba mejor que Chancleto
Bonilla.
El narrador regreso a la cocina, cogió el tarro
con el café y subió al segundo piso, a su cuarto, a su sillón crema y a su computadora
de cajón. Era una computadora vieja, pero él prefería usar esa a la moderna
laptop que llevaba en la mochila que estaba en el segundo piso de su camarote.
Prefería usar el viejo tanque de guerra al moderno jet de combate, pues creía
que eso lo haría mejor escritor, el narrador había buscado en el ático de su
abuelo alguna máquina de escribir vieja, pero al no encontrarla tuvo que
conformarse con la maquina desahuciada de su hermano mayor. Dejo el tarro de
café a un lado y prendió el estabilizador. La vieja máquina empezó a zumbar
mientras el símbolo de Windows 98 se mostraba inmenso en la pantalla, tomo un
sorbo del tarro mientras esperaba que la maquina terminara de prenderse.
Presiono
dos veces f5 y luego abrió el programa de texto, el narrador siempre llegaba
hasta esa parte de su historia sin problemas, pero ver la hoja en blanco
siempre le causaba un temor infundado, y lo llenaba de impotencia al no poder
empezar la oración que lo llevaría al éxito literario, solo necesitaba un toque
de inspiración para empezar el primer párrafo. Pero sabía que ese instante
demoraría minutos, horas en llegar, el día anterior había estado mirando la
pantalla con la hoja en blanco durante cuatro horas antes de decidirse por las
primeras líneas de su exitosa historia, dos horas después de ardua labor creativa,
leyó lo escrito y al no parecerle demasiado bueno, en un ataque de frustración lo borro todo para
encontrarse nuevamente frente a la hoja en blanco.
La
pantalla parpadeaba y la hoja seguía en blanco, el narrador intento escribir una
línea: La espada del Gorrión. Listo. El titulo
ya estaba colocado, ahora venia lo mas difícil, empezar a escribir la historia.
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